Hace ya un tiempo terminé de leer un libro genial, del cual les dejo un fragmento que me llamó particularmente la atención:
"That was the strange thing, that one did not know where one was going, or what one wanted, and followed blindly, suffering so much in secret, always unprepared and amazed and knowing nothing; but one thing led to another and by degrees something had formed itself out of nothing, and so one reached at last this calm, this quiet, this certainty, and it was this process that people called living. "
Virginia Woolf
The Voyage Out
Con una traducción hecha por su servidor, para los no angloleyentes:
"Eso era lo extraño, el que uno no supiera a dónde iba, o qué quería, y siguiera ciegamente, sufriendo tanto en secreto, nunca preparado y asombrado y sabiendo nada; pero una cosa llevaba a la otra y por grados algo cobraba forma de la nada, y así uno alcanzaba al fin esta calma, este silencio, esta certeza, y era este proceso el que las personas llamaban vivir."
Virginia Woolf
Final de Viaje
Después me puse a leer algo más grande, algo enorme con lo cual no me esperaba encontrar. Me prestaron "Guerra y Paz", de Tolstoi, y yo, sin muchas intenciones de empezarlo, lo tomé por el final y leí las consideraciones que escribió el mismo autor sobre su libro. No pude encontrarlas en la interné, así que las pasé a mano. Me llevó un buen rato, así que más vale que las lean. A mí por lo menos me obligaron a empezar el libro que ahora ya estoy terminando, una obra al mismo tiempo colosal y sencilla:
"[...]
¿Por qué, pues, se han matado mutuamente millones de hombres, cuando cada cual sabe, desde que el mundo es mundo, que eso es obrar mal, lo mismo moral que físicamente?
Porque la cosa era tan inevitable que, haciéndola, obedecían a esta ley elemental, zoológica, a la cual obedecen las abejas, que se matan entre ellas en otoño, y los machos de esos animales, que se exterminan mutuamente. No puede darse otra respuesta a esta espantosa cuestión.
Hay ahí una verdad, no sólo evidente, sino innata en cada individuo, la cual no tiene siquiera necesidad de ser demostrada si no hubiera en el hombre otro sentimiento, aparte de la consciencia, para convencerlo de que es libre en cualquiera de los momentos en que actúa.
[...]
El hombre que mata a su semejante, Napoleón que da la orden de cruzar el Niemen, vosotros y yo que presentamos una instancia para solicitar un empleo, que levantamos o bajamos los brazos, todos estamos absolutamente seguros de que cada uno de nuestros actos está fundado en nuestro libre albedrío; en una palabra, que era de nosotros de quien dependía obrar de este modo o del otro. Esta convicción es para nosotros tan natural y tan cara, que, a pesar de las demostraciones de la Historia y de la estadística criminal (la cual nos convence de la ausencia del libre albedrío en otro), ampliamos la consciencia de nuestra libertad a todos nuestros actos.
La contradicción parece ahí irreductible. Estoy seguro, cuando ejecuto un acto cualquiera, de ser dueño de mi libre albedrío; pero si considero mi acto como una participación en el conjunto de la vida de la Humanidad (en su significación histórica), deduzco que dicho acto estaba predestinado y era inevitable. ¿De dónde proviene este error?
Las observaciones psicológicas acerca de la capacidad del hombre para poner de acuerdo retrospectivamente y de manera instantánea todo hecho ejecutado con una serie de deducciones pretensas como libres -me explicaré en otro lugar con más detalle sobre este particular- confirman la hipótesis de que la consciencia que tiene el hombre de ser libre cuando ejecuta ciertos actos es falsa. No obstante, hay otras observaciones psicológicas que prueban que existen actos en los cuales la consciencia de ser libre no es retrospectiva, sino instantánea e indiscutible. Piensen lo que piensen los materialistas, personalmente puedo obrar o abstenerme de obrar desde el momento en que soy yo solo el motivo de estas reflexiones. Puedo en el mismo instante, por mi propia voluntad, levantar o bajar la mano. Puedo cesar de escribir. También vosotros podéis, al instante, dejar de leerme. Sin duda alguna, también puedo, sólo por efecto de mi propia voluntad y a pesar de todos los obstáculos, trasladar ahora mi pensamiento a América o llevarlo hacia un problema de matemáticas que me interese. Para experimentar mi libertad, puedo igualmente levantar mi mano y dejarla caer con fuerza. Pero imaginaos que a mi lado hay un niño. Levanto mi mano por encima de él y voy a dejarla caer sobre su cabeza con fuerza. No puedo hacerlo. Un perro se lanza sobre el mismo niño. No puedo entonces no levantar mi mano sobre el perro. Soy un soldado en las filas y no puedo negarme a seguir el movimiento de mi regimiento. No puedo, durante la batalla, dejar de marchar al ataque con mi regimiento, ni puedo puedo huir cuando todos los que me rodean han huido o empezado a huir. Tampoco puedo, si soy el defensor de un acusado ante un tribunal, no hablar, ni negarme a conocer por adelantado lo que debo decir. Tampoco puedo no cerrar los ojos cuando veo a alguien me me amenaza con darme un golpe en ellos.
Existen, pues, dos clases de actos. Los unos son dependientes, y los otros, independientes de mi voluntad. Y ese error que provoca la contradicción proviene únicamente del hecho de que la consciencia de ser libre que acompaña legítimamente cada acto relativo a mi yo, a la parte más elevadamente abstracta de mi ser, la hago extensiva, sin tener derecho a hacerlo, a aquellos de mis actos ejecutados en unión con otras voluntades distintas a la mía. Resulta bastante difícil fijar los límites del dominio de la libertad y de la necesidad, y de ahí que corresponda a la psicología este problema esencial de fijar dicho límite.
Pero si observamos los casos en que aparecen nuestra mayor libertad y nuestra mayor dependencia, será imposible no ver que cuando más abstracta es nuestra actividad, más libre es. Inversamente, cuanto más ligada a otro se halla nuestra libertad, menos libre es.
El vínculo más fuerte, el más indestructible, el más grande y el más constante que nos ata a nuestros semejantes es lo que se llama poder, y el poder, juzgado en su verdadero sentido, no es más que la expresión de la mayor dependencia en que nos hallamos en relación a los demás.
Con razón o sin ella, estoy plenamente convencido de esta verdad en el transcurso de mi trabajo. Por eso, al describir los acontecimientos históricos de 1805, 1807, y sobre todo los de 1812, en los cuales se revela con mayor relieve esta ley de la fatalidad, me ha sido imposible atribuir importancia a los hechos y gestos de los hombres que han creído dirigir estos acontecimientos, pero que -menos que los restantes actores- han encajado en ellos una actividad humana libre. Su actividad no me ha interesado más que como una ilustración de que esta ley de la fatalidad que, según mi convicción, rige la Historia y de esta ley psicológica que empuja al hombre que ejecuta el acto menos libre a imaginar inmediatamente después toda una serie de deducciones que tienen por finalidad demostrarle y aun hacerle creer que es libre. "
Conde León Tolstoi
Algunas palabras a propósito de "Guerra y Paz"
pucha Diego, que puedo decir?
ResponderEliminares EXCELENTE esto
gracias por compartirlo
abrazo
Lo leí todo Diego, y ya te estoy diciendo que voy a comprar ese libro porque no lo tengo y quiero leerlo.
ResponderEliminarMe pareció muy interesante lo que plantea en las consideraciones de Tolstoi. Definitivamente lo voy a leer.
Ya pudiste leer el libro que encontramos por corrientes? No recuerdo el nombre.
No sé que puse. Quise decir que me parece interesante lo que Tolstoi escribe, sus consideraciones.
ResponderEliminarAhora sí.
De Virginia Woolf te recomiendo To the Lighthouse y si te gusta la literatura estadounidense te recomiendo Slaughterhouse-Five de uno de mis escritores favoritos Kurt Vonnegut.
ResponderEliminarTodavía tengo pendiente encontrar el libro que me recomendaste sobre el hedonismo ;) Apenas lo lea te comento. Saludos!
Ah, claro, porque a Tolstoi no te animaste a traducirlo, ¿eh?
ResponderEliminarMe hciste acordar a un cuento de Tolstoi que me regalaron cuando tenia 9 años. Era Las tres preguntas. Lo lleve al colegio para prestarlo a la biblioteca del grado (3ro) y a fin de año la maestra me lo pidio prestado. Al inicio del año siguiente se lo pedi y jamas me lo devolvio. Mi vieja finalmente concluyo que era un cuento muy de izquierda para un colegio tan de monjas, pero siempre me acuedo del cuento que me habia gustado y jamas volvi a leer.
ResponderEliminarbeso y felicitaciones por la graduacion!
Gracias por dejanrnos esto!
ResponderEliminarsi le interesa, es una peli de los últimos tiempos de tolstoi
ResponderEliminarhttp://unsoloclic.blogspot.com/2010/06/last-station-2009.html
salutti