16 de marzo de 2011

Haiku


Perseguida,
la luciérnaga se esconde
en un rayo de luna.

Oshîma Ryôiû

21 de febrero de 2011

Remedio para la melancolía


La mejor forma de lograrlo es primero concentrándonos. Ésto requerirá de aproximadamente 20 minutos, pero puede demorar toda una vida, dependiendo de circunstancias tales como la disposición exacta de cada uno de nuestros cabellos con respecto al Norte magnético de la Tierra, y la influencia del gusto amargo que nos haya quedado en la boca del último mate que nos tomamos. El objetivo inicial es suspender la razón, y asegurarnos de no dudar de que todo lo que percibimos es ilusorio. Es el primer paso, que es el más difícil y a la vez el más importante. Luego hay que lograr sentirnos livianos, como el aire, o mejor aún, como el vacío absoluto. Siempre es fundamental estar convencidos, de otra manera todo intento estará condenado al fracaso. Los primeros resultados son evidentes: todo el cuerpo se eleva apenas unos dos o tres centímetros por sobre el suelo. Claro que nadie será testigo, porque cualquier observador externo torna todo el proceso completamente fútil; ni siquiera nosotros podemos estar mirando. Después, el movimiento se acelera, siempre con la vista obstruida por nuestros propios párpados, primero alcanzando la velocidad del sonido, luego la de la luz. Llegamos así hasta más o menos 2 kilómetros de la superficie de la Luna, en apenas unos minutos. Después de embebernos durante un tiempo variable con el pálido reflejo lunar, conocida cura para todos los tipos de melancolía, emprendemos el regreso. Hay que recordar que en ningún momento pueden abrirse los ojos, ya que entonces seremos teletransportados inmediatamente hasta la posición desde la cual comenzamos, y parecería que nada ha sucedido (aunque es obvio que todos estos procesos han sido absolutamente eficaces). Una vez restituida nuestra situación inicial, podremos seguir viviendo como antes, pegados al suelo y mirando a la Luna sólo desde lejos.

14 de febrero de 2011

Descartex

Pienso, luego existo es el comentario de un intelectual que subestima el dolor de muelas. Siento, luego existo es una verdad que posee una validez mucho más general y se refiere a todo lo vivo. Mi yo no se diferencia esencialmente del de ustedes por lo que piensa. Gente hay mucha, ideas pocas: todos pensamos aproximadamente lo mismo y las ideas nos las traspasamos, las pedimos prestadas, las robamos. Pero cuando alguien me pisa un pie, el dolor sólo lo siento yo. La base del yo no es el pensamiento, sino el sufrimiento, que es el más básico de todos los sentimientos. En el sufrimiento, ni siquiera un gato puede dudar de su intransferible yo. En un sufrimiento fuerte, el mundo desaparece y cada uno de nosotros está a solas consigo mismo. El sufrimiento es la universidad del egocentrismo.

Milan Kundera
La inmortalidad

31 de enero de 2011

El rincón

Con la simpleza de este lenguaje nuestro, fortaleza inexpugnable para cualquier aforismo dado a la profundidad, y sólo apto para liviandades supremas, pasaré a describir la situación actual del rincón que mira al Sureste de mi humilde aposento... quizás con un exceso de lirismo, que me inspira esta pegajosa tarde porteña:

Tres planos perpendiculares del espacio se cruzan, formando según la rigurosa geometría euclideana el susodicho rincón. Aunque más que planos, debería decir rugosidades, al no estar exentos de pequeños relieves producidos en la pintura blanca por imperfecciones del revoque, observándose constelaciones de puntitos y geografías de valles y pendientes que surcan los contornos de esta singular estructura. Estando entonces sus límites trazados, paso a describir el rayón amarronado con forma de Z medio chueca que se produjo mientras instalaba una estantería, la mancha de humedad ocre poblada por una vasta colonia de hongos (bautizada Fungidelphia), y la telaraña que está más del lado de la ventana, con su habitante (Oscar) hábilmente oculto entre sus redes mientras aguarda una nueva presa. (Aclaro que jamás remuevo las telarañas, ya que sus arquitectos y constructores me parecen bichos de los más nobles, que en la soledad del asceta sólo pretenden eliminar las moscas molestas y revoltosas, y los voraces mosquitos que además de sacar ronchas transmiten el Dengue.)
Y ahora viene la parte difícil, ya que la física de mi rincón se puede decir que la conocen, pero la metafísica es otra cosa. Porque paso tantas horas cavilando con mi vista perdida en esta intersección de paredes, que se ha cargado con una curiosa energía. Tiene un poco de melancolía (pasa que siempre que lo miro además estoy solo y embolado), algo de inquietud existencial (¿existiría el rincón si yo no lo estuviese viendo?), y bastante de esperanza (porque siempre es lo último que se pierde, incluso por los rincones). Infinitos son los pensamientos que se han depositado en este pequeño resquicio, e incontables los sentimientos que ha padecido, sin mencionar los sueños de los cuales ha sido silencioso testigo. Sería imposible saberlo, pero a veces sospecho, que en alguna Cosmogonía oscura y caprichosa, este rincón es el Centro de Todas las Cosas.

Para terminar viene lo más interesante, porque seguro que hartos de mis ridículos divagues, ya deben estar por cerrar la ventana y pasar a otra cosa. Pero los conmino es este momento, si hasta aquí han llegado, a que describan aunque sea en un par de oraciones, alguna parte de sus casas, departamentos o ranchos en que viven. No se hagan los giles, que hasta es un poco divertido...


25 de enero de 2011

250 y vacaciones

Este post, según me informa el fiel contador de Blogger (que ni loco me pongo yo a contarlos) es el número 250. Por alguna razón, estos números redondos hacen surgir un estado metafísico de punto de llegada y punto de partida al mismo tiempo, desde donde miramos hacia el pasado y el futuro simultáneamente. Muchas cosas han pasado por esta simple página, de meros bites surcando este efímero y a la vez infinito espacio virtual. Aquí todo pasa y a la vez no-pasa. Es una paradoja, como tantas hay en la vida. Como la que vivo ahora: estoy de vacaciones por tres semanas, pero en vez de irme por ahí estoy acá en mi departamento de la calurosa capital, mirando al Abasto, con el único proyecto de descansar mucho y a lo sumo ir una semana a Balcarce para darme en algún momento una escapadita a Mardel. Más que nada es por cuestiones económicas: me quedé prácticamente seco con los gastos de este último mes. Pero la inversión definitivamente valió la pena: me compré una bicicleta muy buena, un par de zapatillas para correr (es increíble lo que cuestan), y lo más importante, algo que me venía faltando ya hace tiempo: un piano.


Estudié durante muchos años música, y después la abandoné por la medicina. Ahora que tengo mi propio lugar, y pude juntar la plata sacrificando cualquier intento de vacaciones, puedo de a poco retomar. Mi plan por ahora es pasarme unas cuantas horas por día volviendo a aprender los caminos secretos entre las teclas blancas y negras que conducen a la Música. Y descansando, por supuesto.

4 de enero de 2011

Inexplicabilidades



El domingo pasado me levanté a las nueve de la mañana, desayuné, salí en mi bicicleta hasta la reserva ecológica, corrí unos 8 km, y volví a mi casa para ducharme antes de seguir con el día.
En esta oración puede resumirse una de las cosas que encuentro más placenteras en mi casi inexistente rutina: el viento en la cara, el río con sus veleros y buques, el sol sobre la espalda, el ritmo de las piernas sobre el pasto, la Naturaleza después de un lunes a viernes de paredes de cemento y mármol. Encuentro necesario aunque sea un escape semanal para moverme, respirar, ver el horizonte, y si fuera por mí lo haría todos los días, pero no tengo tanto tiempo.

Lo que no entiendo es lo que veo los lunes. Paso después del trabajo por enfrente de un gimnasio, y hay una gran hilera de cintas y bicicletas fijas con personas que parecen autómatas, de miradas perdidas y mp3 al oído. Además, muchos haciendo cola para que las máquinas se desocupen. En la reserva creo que me crucé con tres personas en todos los 8 km, y en otros parques quizás haya más, pero seguramente no tantas como en todos los gimnasios de la ciudad. Ahora es la época, todos quieren llegar en línea a la playa, después de un año de sedentarismo.
Es parte de una de las tantas inexplicabilidades que le encuentro a la naturaleza humana: A nadie le importa tanto disfrutar, como parecer que disfruta.


2 de enero de 2011

Costumbres



Los shoppings siempre fueron los templos del consumismo. Siendo yo una persona más bien contraria a esta ideología superficial y vana, además de tener algo de misántropo, era muy raro que visitara uno. Ocurre, sin embargo, que recientemente me mudé a un departamento con vista directa hacia el Abasto, a solamente una cuadra, y ahora encuentro especial placer en una situación en particular:
Me despierto un domingo después de una semana de arduo trabajo, con la a cara y peinado propios de 14 horas de sueño reparador de corrido. Me calzo las alpargatas, las bermudas Pampero archiusadas, y la primer remera vieja y arrugada que encuentro a mano. Salgo sin afiertarme y ni siquiera lavarme los dientes. Con este aspecto notoriamente desalineado ingreso al Abasto. Camino con los ojos algo entrecerrados, arrastrando los pies, con la cabeza un poco inclinada hacia atrás. No me importa que todos estén vestidos para salir y me miren raro: yo estoy como solo en el living de mi casa. Sigo hasta el patio de comidas, llego a Tenttísimo y me pido un Philadelfia* para llevar. Vuelvo con la bolsa de comida en una mano, en la otra la gaseosa que voy tomando de a sorbos, recorriendo el shopping hasta volver a mi casa, sin llamar demasiado la atención, porque total estamos en la ciudad y se ven cosas mucho más raras en cualquier parte.

*Sánguche de lomo en tiras, queso fundido y cebolla salteada, altamente recomendable.

9 de noviembre de 2010

No me fui


Solamente ando por otros lados, bastante ocupado con otras cosas... por ahora.



Escribiendo, como siempre, pero más en las Historias Clínicas de los pacientes que en ningún otro lado:


(Fotos gentileza de mi hermano, futuro fotógrafo.)


En no mucho tiempo más estaré volviendo por acá.

17 de mayo de 2010

Literatura


Hace ya un tiempo terminé de leer un libro genial, del cual les dejo un fragmento que me llamó particularmente la atención:

"That was the strange thing, that one did not know where one was going, or what one wanted, and followed blindly, suffering so much in secret, always unprepared and amazed and knowing nothing; but one thing led to another and by degrees something had formed itself out of nothing, and so one reached at last this calm, this quiet, this certainty, and it was this process that people called living. "

Virginia Woolf
The Voyage Out


Con una traducción hecha por su servidor, para los no angloleyentes:

"Eso era lo extraño, el que uno no supiera a dónde iba, o qué quería, y siguiera ciegamente, sufriendo tanto en secreto, nunca preparado y asombrado y sabiendo nada; pero una cosa llevaba a la otra y por grados algo cobraba forma de la nada, y así uno alcanzaba al fin esta calma, este silencio, esta certeza, y era este proceso el que las personas llamaban vivir."

Virginia Woolf
Final de Viaje


Después me puse a leer algo más grande, algo enorme con lo cual no me esperaba encontrar. Me prestaron "Guerra y Paz", de Tolstoi, y yo, sin muchas intenciones de empezarlo, lo tomé por el final y leí las consideraciones que escribió el mismo autor sobre su libro. No pude encontrarlas en la interné, así que las pasé a mano. Me llevó un buen rato, así que más vale que las lean. A mí por lo menos me obligaron a empezar el libro que ahora ya estoy terminando, una obra al mismo tiempo colosal y sencilla:

"[...]
¿Por qué, pues, se han matado mutuamente millones de hombres, cuando cada cual sabe, desde que el mundo es mundo, que eso es obrar mal, lo mismo moral que físicamente?
Porque la cosa era tan inevitable que, haciéndola, obedecían a esta ley elemental, zoológica, a la cual obedecen las abejas, que se matan entre ellas en otoño, y los machos de esos animales, que se exterminan mutuamente. No puede darse otra respuesta a esta espantosa cuestión.
Hay ahí una verdad, no sólo evidente, sino innata en cada individuo, la cual no tiene siquiera necesidad de ser demostrada si no hubiera en el hombre otro sentimiento, aparte de la consciencia, para convencerlo de que es libre en cualquiera de los momentos en que actúa.
[...]
El hombre que mata a su semejante, Napoleón que da la orden de cruzar el Niemen, vosotros y yo que presentamos una instancia para solicitar un empleo, que levantamos o bajamos los brazos, todos estamos absolutamente seguros de que cada uno de nuestros actos está fundado en nuestro libre albedrío; en una palabra, que era de nosotros de quien dependía obrar de este modo o del otro. Esta convicción es para nosotros tan natural y tan cara, que, a pesar de las demostraciones de la Historia y de la estadística criminal (la cual nos convence de la ausencia del libre albedrío en otro), ampliamos la consciencia de nuestra libertad a todos nuestros actos.
La contradicción parece ahí irreductible. Estoy seguro, cuando ejecuto un acto cualquiera, de ser dueño de mi libre albedrío; pero si considero mi acto como una participación en el conjunto de la vida de la Humanidad (en su significación histórica), deduzco que dicho acto estaba predestinado y era inevitable. ¿De dónde proviene este error?
Las observaciones psicológicas acerca de la capacidad del hombre para poner de acuerdo retrospectivamente y de manera instantánea todo hecho ejecutado con una serie de deducciones pretensas como libres -me explicaré en otro lugar con más detalle sobre este particular- confirman la hipótesis de que la consciencia que tiene el hombre de ser libre cuando ejecuta ciertos actos es falsa. No obstante, hay otras observaciones psicológicas que prueban que existen actos en los cuales la consciencia de ser libre no es retrospectiva, sino instantánea e indiscutible. Piensen lo que piensen los materialistas, personalmente puedo obrar o abstenerme de obrar desde el momento en que soy yo solo el motivo de estas reflexiones. Puedo en el mismo instante, por mi propia voluntad, levantar o bajar la mano. Puedo cesar de escribir. También vosotros podéis, al instante, dejar de leerme. Sin duda alguna, también puedo, sólo por efecto de mi propia voluntad y a pesar de todos los obstáculos, trasladar ahora mi pensamiento a América o llevarlo hacia un problema de matemáticas que me interese. Para experimentar mi libertad, puedo igualmente levantar mi mano y dejarla caer con fuerza. Pero imaginaos que a mi lado hay un niño. Levanto mi mano por encima de él y voy a dejarla caer sobre su cabeza con fuerza. No puedo hacerlo. Un perro se lanza sobre el mismo niño. No puedo entonces no levantar mi mano sobre el perro. Soy un soldado en las filas y no puedo negarme a seguir el movimiento de mi regimiento. No puedo, durante la batalla, dejar de marchar al ataque con mi regimiento, ni puedo puedo huir cuando todos los que me rodean han huido o empezado a huir. Tampoco puedo, si soy el defensor de un acusado ante un tribunal, no hablar, ni negarme a conocer por adelantado lo que debo decir. Tampoco puedo no cerrar los ojos cuando veo a alguien me me amenaza con darme un golpe en ellos.
Existen, pues, dos clases de actos. Los unos son dependientes, y los otros, independientes de mi voluntad. Y ese error que provoca la contradicción proviene únicamente del hecho de que la consciencia de ser libre que acompaña legítimamente cada acto relativo a mi yo, a la parte más elevadamente abstracta de mi ser, la hago extensiva, sin tener derecho a hacerlo, a aquellos de mis actos ejecutados en unión con otras voluntades distintas a la mía. Resulta bastante difícil fijar los límites del dominio de la libertad y de la necesidad, y de ahí que corresponda a la psicología este problema esencial de fijar dicho límite.
Pero si observamos los casos en que aparecen nuestra mayor libertad y nuestra mayor dependencia, será imposible no ver que cuando más abstracta es nuestra actividad, más libre es. Inversamente, cuanto más ligada a otro se halla nuestra libertad, menos libre es.
El vínculo más fuerte, el más indestructible, el más grande y el más constante que nos ata a nuestros semejantes es lo que se llama poder, y el poder, juzgado en su verdadero sentido, no es más que la expresión de la mayor dependencia en que nos hallamos en relación a los demás.
Con razón o sin ella, estoy plenamente convencido de esta verdad en el transcurso de mi trabajo. Por eso, al describir los acontecimientos históricos de 1805, 1807, y sobre todo los de 1812, en los cuales se revela con mayor relieve esta ley de la fatalidad, me ha sido imposible atribuir importancia a los hechos y gestos de los hombres que han creído dirigir estos acontecimientos, pero que -menos que los restantes actores- han encajado en ellos una actividad humana libre. Su actividad no me ha interesado más que como una ilustración de que esta ley de la fatalidad que, según mi convicción, rige la Historia y de esta ley psicológica que empuja al hombre que ejecuta el acto menos libre a imaginar inmediatamente después toda una serie de deducciones que tienen por finalidad demostrarle y aun hacerle creer que es libre. "

Conde León Tolstoi
Algunas palabras a propósito de "Guerra y Paz"


10 de mayo de 2010

Hoy y mañana


Hoy, podría decir soy lo que fui siempre, trabajo en algo muy relacionado con lo que me gusta pero no completamente, y paso los días haciendo de todo un poco y un poco de todo.
Mañana, en al aula magna de la facu y a las cinco de la tarde, me van a dirigir las siguientes palabras:

"El acto de juramento que vais a realizar y mediante el cual se os admite como miembro de la profesión médica, constituye una invocación a Dios o a aquello que cada cual considere como más alto y sagrado en su fuero moral, como testimonio del compromiso que contraéis para siempre jamás. En el momento de ser admitido entre los miembros de la profesión médica os comprometéis solemnemente a consagrar vuestra vida al servicio de la humanidad y juráis: conservar a vuestros maestros el respeto y reconocimiento a que son acreedores; desempeñar vuestro arte con conciencia y dignidad; hacer de la salud y de la vida de vuestro enfermo la primera de vuestras preocupaciones; respetar el secreto de quien se os haya confiado a vuestro cuidado; mantener en la máxima medida de vuestro medio el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica; considerar a los colegas como a hermanos; no permitir jamás que entre el deber y el enfermo se interpongan consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, de partido o de clase; tener absoluto respeto por la vida humana desde el instante de su concepción y no utilizar ni aun bajo amenaza los conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad."

Ahí es cuando yo digo: "SÍ, JURO."

Luego agregan:

"Si cumpliereis íntegramente este juramento, que podáis gozar de vuestra vida y de vuestro arte y disfrutar de perenne estima entre los hombres... si lo quebrantáis, que vuestra conciencia y el honor de la profesión médica en la que acabáis de ingresar, os lo demanden."

Un ratito después, mi vieja (probablemente piantando algún lagrimón), me va a entregar en mano el título de Médico.

Zás.